miércoles, 21 de enero de 2009

Los Eslavos y los Avaros contra Bizancio


Extraido de DBA Hispano
Hoy hablaremos de de uno de sus enemigos más feroces del Imperio Bizantino: la confederación que los pueblos eslavos y avaros formaron desde el siglo VI, y que se mantendría con más o menos fuerza hasta el siglo IX. Pero vayamos por partes.
Bien, lo primero es aclarar quiénes eran los eslavos. Podemos decir que las tribus eslavas eran un pueblo indoeuropeo que habitaba la costa del mar Báltico y las llanuras de lo que ahora es Ucrania. Ya eran conocidos como vénetos por los romanos en el siglo II a.d.C. Posiblemente estuvieran lejanamente emparentados con los germanos, pero, a diferencia de éstos, no siguieron hacia el oeste, sino que se asentaron en las llanuras. Por supuesto, este territorio era compartido por por pueblos indoiranios: escitas, sármatas... Los eslavos, cuyo modo de vida no era nómada y no dependía de los caballos, vieron pasar a distintos pueblos, y con frecuencia se mezclaron (la tribu de los antos, por ejemplo, procedía de una mezcla de pueblos iranios y eslavos). La irrupción de los hunos destruyó muchos asentamientos eslavos, aunque no destruyó su cultura por completo. Por el contrario, tras la caída del imperio romano de Occidente, con todo el este europeo organizado en los reinos tribales germanos de gépidos, lombardos y turingios, se produjo la primera irrupción en el imperio bizantino de estos pueblos. Esto ocurrió tras la derrota de los turingios a manos de los merovingios (francos), que dejó una amplia franja de terreno sin dueño. Es entonces cuando se produce la división entre los eslavos. Una rama se quedará en el centro de Europa, y dará origen a los pueblos checos, polacos, etc. Otra avanzaría hacia el este, y formaría gran parte del pueblo ruso. Sin embargo, la rama que estudiaremos en este artículo, marchó hacia el sur, hacia los Balcanes. Así, alrededor del 520, bajo el reinado de Justiniano, las tribus eslavas irrumpieron violentamente desde el otro lado del Danubio. A duras penas, fueron repelidos mientras Justiniano vivió, pero a un alto precio: las provincias balcánicas fueron empobreciéndose al convertirse en un campo de batalla año tras año.
Justiniano murió en el 565, y entonces llegaron, a lomo de sus monturas, los segundos protagonistas de esta historia: los avaros. Éstos eran un pueblo túrquico que, empujados por el imperio que los turcos orientales estaban formando en las estepas centroasiáticas, recogieron sus tiendas y pusieron tierra de por medio. Enviaron una embajada a Bizancio. Rodeando el Mar Negro, llegaron a Europa del Este, y dividieron así en dos la extensión de los pueblos eslavos. Al norte quedaron los eslavos del este y centroeuropeos, y al sur, los que habían marchado hacia Bizancio.
Cuando los ávaros llegaron a las tierras de los eslavos, los primeros se dedicaron a subyugar a aquellas tribus lo antes posible. En este sentido, los avaros tenían ventaja. Eran un pueblo nómada. Su vida iba ligada a la de sus monturas, y eran excelentes jinetes. Se empleaban a fondo en las tareas bélicas, y eran eficaces tanto en el uso del arco turco desde sus monturas como en la acometida con lanza en carga. Introdujeron el estribo en Europa, que conocían de los turcos orientales.
En primer lugar, los avaros se aliaron y luego lucharon con y contra las tribus germanas del este de Europa: gépidos, hérulos, lombardos. Los derrotaron a todos. También se aliaron con los restos de las tribus de Atila: los búlgaros, u Onogur. Los lombardos fueron empujados hacia el sur por la misma época en la que los avaros contactaban por primera vez con los bizantinos. La marcha de los lombardos abrió el territorio de la Panonia romana a los avaros, que así tomaron contacto con las tierras ocupadas por los eslavos.
Los guerreros eslavos, aunque feroces, carecían de capacidad militar para aquel tipo de combate. Sus guerreros eran mayoritariamente infantería, y no poseían ningún entrenamiento regular. Pronto, los territorios de las tribus eslavas quedaron subyugados al kanato avaro. Y decimos kanato porque si bien los avaros organizaron un estado real, éste no era más que una confederación de tribus lideradas por caudillos y unidos por lazos de lealtad a la figura unipersonal del gran Khan. Por lo tanto, mientras los eslavos trabajaban la tierra y ocupaban el territorio, sus amos avaros iban y venían a su antojo, reclamando tributos, invernaban en sus hogares y exigían atenciones y alimento, y por supuesto, esposas e hijas de los eslavos para hacerles compañía en las frías noches de Paionia. Eran tiempos duros, y no todos pudieron aguantarlo. Ante la presión inicial de los avaros, algunas tribus eslavas huyeron hacia Grecia, y solicitaron ser acogidos en el imperio bizantino, incorporándose al ejército como “foederati”. Otras tribus, como la de los serbios, optó por huir a los Cárpatos. Pero aun así, los avaros mantuvieron a numerosos eslavos bajo su control.
Inicialmente, y debido a las victorias avaras contra los germanos orientales y el grueso de los eslavos, el imperio bizantino vio en ellos una herramienta para controlarlos y, sobre todo, para causar dificultades al gran reino germano de Occidente: los francos. Tratar con ellos no era difícil, ya que el kanato funcionaba bien como estado. Para Bizancio, era muy distinto intentar pactar con los múltiples jefes tribales eslavos. Con los avaros, el número de interlocutores era muy reducido.
Pero pronto los avaros comenzaron a prestar más atención a lo que relataban los eslavos de los propios bizantinos: sus riquezas, su vasto imperio, las rutas de invasión más directas. De este modo, los potenciales aliados bizantinos se convirtieron en una preocupación aun mayor. Porque el kanato organizó enormes ejércitos, que ya contaban con la feroz infantería eslava y la extremadamente capaz caballería avara. Las guerras e invasiones se produjeron durante cincuenta años hasta que el kanato alcancó la cima de su poder en el año 626. En ese año, tal y como dijimos en el artículo sobre el imperio bizantino, la audacia de los avaros los llevó a movilizar casi cien mil efectivos y a llevarlos victoria tras victoria hasta las murallas de Constantinopla después de pactar con los persas sasánidas y unir esfuerzos para atacar en todas direcciones a los bizantinos. A la capital la sometieron a un impresionante asedio, en plan “Minas Tirith”, con enormes máquinas de asedio por tierra, y el acoso de las numerosas embarcaciones eslavas, llamadas “monoxylos” (es decir, hechas de un sólo tronco de árbol) por el mar. Sin embargo, los bizantinos consiguieron desbaratar el asedio, y los avaros sufrieron unas pérdidas tan importantes que una vez regresaron a su territorio, los eslavos situados más al norte de sus dominos, que durante años habían sufrido su férrea dominación, pudieron dar rienda suelta a su resentimiento y se rebelaron contra el kanato, estableciendo una confederación de tribus lo suficientemente fuerte como para presentar resistencia.

Aparece entonces una de las figuras históricas más sorprendentes y, en mi opinión, desconocidas de la época. Sucedió así: un grupo de comerciantes merovingios llegó a la frontera norte del kanato, donde se habían levantado los eslavos, justo cuando la rebelión dio comienzo, y mientras aguardaban ya levantados en armas el retorno de los antiguos amos avaros. Los comerciantes estaban dirigidos por un tal Samo, que, dándose cuenta de lo que se estaba gestando, ofreció sus servicios como soldado a los líderes tribales. En las primeras batallas, Samo se hizo valer de tal manera que las tribus lo eligieron como caudillo, y así nació el primer reino eslavo, que sería conocido como “El reino de Samo”, al sur del río Elba, en lo que ahora es parte de la República Checa, Austria y Eslovaquia.
Por lo tanto, la situación política desde ese momento quedó de esta manera: el kanato avaro dejó de presionar hacia Bizancio, y se concentraron en derrotar a los rebeldes de Samo, y a mantener las fronteras con los francos merovingios. Al norte de su territorio, el reino de Samo trataba de consolidarse a toda prisa, estableciendo su capital en Wogatisburgo. Mientras, Dagoberto, el rey merovingio de los francos, al recibir las noticias de los éxitos militares de Samo, trató de exigir su lealtad para obtener así control de dichas tierras. Pero Samo y sus eslavos, que habían rechazado ya a los avaros, rechazaron la propuesta del merovingio. Así, en el año 631, Dagoberto reunió un ejército e invadió el reino de Samo. Pero los valerosos eslavos vencieron en una desesperada batalla que duró tres días, y expulsaron para siempre a los francos de su territorio. Tras esta victoria, Samo consiguió que más tribus eslavas se unieron bajo su mando, y se convirtió en una fuerza política y militar importantísima en la región.
Con los siglos, las incursiones de Samo en Turingia y otras regiones permitieron que el componente eslavo de la región se estabilizara, mezclándose con elementos germanos: así, en tiempos futuros, habría importantes elementos eslavos en pueblos como los bramderburgundios, pomeranos, mecklemburgundio o el propio pueblo austriaco. (Por cierto, no viene a cuento, pero “Samo” era el nombre que Basquiat usaba en sus primeros grafitis, antes de conocer a Andy Warhol. Pero esa sí que es otra historia...).
Pero, ¿qué pasaba mientras con los avaros? Para empezar, dejaron de ejercer una presión tan asfixiante sobre Bizancio. Siguieron sus hostilidades en las fronteras con ellos y contra los eslavos, tanto de su territorio como los de Samo. Pero se debilitaban rápidamente, y cada vez debían sofocar más revueltas internas. Su sistema de gobierno opresor no podía sostenerse ante su debilidad. Además, desde el este comenzaron a llegar nuevos pueblos esteparios túrquicos (como los pechegenos), y los búlgaros, con los que se habían aliado hacía tiempo, también les fueron ganando terreno, en parte tras negociaciones con Bizancio. Mientras, a mediados del siglo VIII, Carlomagno tomó el mando del reino franco, y comenzó sus exitosas campañas (hablaremos de esta importante figura más adelante). Por lo tanto, los francos fueron ganando terreno hasta que derrotaron a los avaros definitivamente en el 795 de nuestra era.
Muchas batallas se lucharían desde entonces entre los eslavos y los francos en las marcas orientales del imperio carolingio, pero hablaremos de ellos más adelante.

Tenemos un muy fiel testimonio de los usos guerreros de eslavos y avaros en el “Strategikon”, del emperador Mauricio. En esta obra se analizan uno a uno los diferentes enemigos del imperio bizantino. Sobre los eslavos, el emperador escribió que vivían en poblados cerca de los ríos, protegidos por bosques. Que cuando iban a la guerra, se equipaban mayoritariamente con jabalinas y grandes escudos oblongos. Muchos portaban pequeñas hachas como arma secundaria, y la masa de guerreros era seguida por pequeños grupos de arqueros, que usaban arcos cortos y flechas menudas y envenenadas. Sólo los nobles disponían de caballería, equipándose entonces con arco en lugar de lanzas. Sin embargo, Mauricio no los describe como guerreros ansiosos por cargar contra el enemigo. Por el contrario, en campo abierto, los eslavos se dedicaban a amagar distintos ataques, hostigando con arcos y jabalinas, intentando un asalto serio a la línea enemiga sólo en caso de que éstos se desordenaran. Eran muy vulnerables a la disciplinada caballería bizantina, aunque si los combates se producían en el interior de los bosques, los eslavos eran invencibles. También, desde las costas del Adriático, los eslavos se convirtieron en peligrosísimos piratas.
Aparentemente, los eslavos no estaban a la altura de los ejeŕcitos bizantinos, pero su elevado número hacía que sus invasiones fueran muy difíciles de parar por los imperiales. Sin embargo, cuando los avaros llegaron, complementaron peligrosamente los ejércitos invasores. El “Strategikon” describe a los avaros como un pueblo cuya única preocupación era la guerra. Eran expertos jinetes y allí donde iban llevaban su campamento móvil: manadas de caballos y tiendas tipo “yurta”. Estaban equipados con lanza y arco, siendo hábiles con ambas armas. Como todos los pueblos túrquicos, los avaros eran hábiles herreros. Muchos disponían de hermosas armaduras de láminas de metal unidas a ropas de cuero, y los nobles también protegían igual a sus caballos. En la batalla, Mauricio describe que usaban un sofisticado sistema de tres mandos independientes, uno de los cuales solía dedicarse a rodear al enemigo fuera de su vista. A pesar de saber usar la lanza para cargar y de disponer de estribos, los avaros preferían ganar la batalla a distancia con sus arqueros montados, reservando para el último momento la carga, y sólo para un enemigo considerablemente debilitado. Debido a su movilidad, era difícil trabar batalla con ellos hasta que no quisieran, y para entonces, probablemente ya hubieran dispuesto tropas a la retaguardia del enemigo. Además, no dudaron en enrolar tropas de los pueblos que dominaban: infantería eslava y algunos jinetes búlgaros, que por la época sí estaban especializados en las cargas de caballería.

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